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El Mito del Hombre Lobo (parte I)

 
La creencia en los hombres lobo no tiene un origen determinado, ya en relieves asirios del siglo VIII a.C aparecen representaciones de actores vestidos con piel de lobo, ejecutando danzas rituales para aterrorizar a los espectadores. A lo largo de la historia, las fuentes que nos proporcionan indicios de transformaciones antinaturales son abundantes, pero en todos los casos el horror que infunde la bestia es equiparable a la impronta que ha dejado en el imaginario popular. Este es el primero de dos reportajes sobre el origen del hombre lobo que, maldito por los dioses y también por los hombres, sobrevive a los siglos alimentándose a partes iguales de nuestro miedo y nuestra devoción.



Siglos antes del nacimiento de Cristo, el hombre lobo era considerado un ser humano poseído por el deseo antinatural de comer carne humana. Se creía que de forma mágica había obtenido la habilidad de transformarse en bestia, de modo que pudiese satisfacer con mayor rapidez la voracidad que lo consumía. Los sabios de la antigüedad sostenían que aun transformado en lobo se podía reconocer a un hombre porque conservaba la voz y los ojos humanos.
Herodoto en el siglo V a.C, cuenta que los griegos y los escitas que vivían en las costas del mar Negro, consideraban “magos, hechiceros o brujos” a los nativos de aquella zona; creían que se transformaban en lobos durante un periodo de tiempo breve, en determinadas épocas del año. El historiador griego especifica que existe en concreto un clan, los Neuri, que son capaces de adoptar la forma del lobo a voluntad y pueden recobrar apariencia humana, muy fácilmente.
Virgilio, en el siglo I a.C es el primer autor latino que menciona a los hombres-lobo, pero no el único: Propecio, Servio y Petronio también prestan atención a esta figura que ya forma parte del folclore supersticioso popular. Recordemos que Petronio, director de espectáculos de la corte de Neron desde el año 54 al 68, contó una historia de hombres-lobo que está incluida en “El Satiricón”.
Para los griegos y romanos, el motivo por el cual un hombre se transforma en lobo es únicamente a causa de la maldición de los dioses. Sostenían que las ofrendas humanas estaban condenadas por “contaminar boca y estómago” y que si alguien se atrevía a celebrar un holocausto de este calibre, Zeus (Júpiter en el panteón romano) lo castigaría metamorfoseándolo en lobo.
Según cuenta Plinio, el infractor caníbal era llevado a la orilla de un lago, el cual se le obligaba a cruzar a nado. Cuando llegaba a la otra orilla, inmediatamente quedaba convertido en lobo. Bajo la forma animal, sin posibilidad de recuperar apariencia humana, era condenado a vagar por los bosques durante nueve años. Si era capaz de vencer su instinto y se abstenía de comer carne humana a lo largo de este periodo de condena, los dioses perdonarían su osadía y le devolverían la forma humana. De lo contrario caminaría sobre la tierra como lobo, con conciencia humana, hasta el fin de sus días.
Platón habla también de un periodo de nueve años de maldición al referirse a las fiestas “Liceas” y al “Níctimo” el ritual secreto que en ellas se llevaba a cabo. En la Grecia antigua se celebraba un ritual de paso, a principios de mayo, en las faldas del monte más alto de Arcadia: el Monte Liceo (Lykaios: lobuno). En estas ceremonias se tentaba al destino en una especie de ruleta rusa de canibalismo y sacrificios humanos. Lo que nos cuenta Platón, es que un clan se reunía al pie de la montaña para realizar un sacrificio cada nueve años en honor de “Zeus Liceo” (esta acepción de Zeus era aceptada durante la celebración de las fiestas Liceas) y contraviniendo el mandato divino de no practicar canibalismo, ellos llevaban a cabo un sacrificio humano.
Después del holocausto se sentaban a la mesa y preparaban un banquete, en el que se servían carne y vísceras de animal, con las que se había mezclado un único trozo de entrañas humanas.
Aquel que tuviese la desgracia de comer la carne humana se transformaría en lobo, y sólo regresaría a su forma original si no volvía a comer carne humana hasta que hubiese terminado el siguiente ciclo de nueve años. El nombre de este peligroso rito “Níctimo” hace referencia al hijo muerto del rey Arcadio que sufrió la ira de Zeus y quedó vinculado para siempre a la figura del lobo. Es precisamente en este contexto en el que surge el mito por excelencia, la referencia ineludible cuando hablamos de hombres-lobo, porque es el relato que Ovidio incluye en su “Metamorfosis” el que más ha calado en el imaginario coloquial. Hablamos por supuesto de la terrible historia del rey Licaón y sus hijos.
 

El banquete de Licaón


Licaón es un mítico rey arcadio sobre el que recae el peso de una maldición legendaria, dos versiones distintas de un mismo hecho en el que Licaón tiene también distintos finales. Antes de conocer que cuentan las crónicas sobre el padre de los lobos, debemos situar el plano temporal en el que discurren los hechos. El reinado de Licaón, según detalla Ovidio en la “Metamorfosis” sucede entre dos hechos de colosal importancia, la Gigantomaquia y el Diluvio de Decaulión, siendo la ofensa de Licaón a Zeus detonante de este último.
La Gigantomaquia o guerra entre los gigantes y los dioses se desencadena al final de la “edad del peor de los metales” (la cuarta edad, la de hierro), que Ovidio describe profusamente: “Al punto irrumpió en la época del peor metal toda iniquidad, huyeron el pundonor, la verdad y la lealtad; su lugar lo ocuparon los engaños, las mentiras, las emboscadas y también la violencia y el criminal deseo de poseer” “Surge la guerra, que agita con mano ensangrentada las armas que rechinan. Se vive de lo robado, el huésped ya no está seguro de su huésped, el marido es una amenaza de muerte para su esposa; ella para su marido. Yace vencida la piedad y la Virgen Astrea, la última de los dioses, ha abandonado las tierras humedecidas de matanza
En este terrible escenario “cuentan que los Gigantes intentaron alcanzar el reino celestial y que dispusieron montes apiñados hasta los elevados astros” la respuesta de Zeus a este asalto fue tan contundente que no hubo escapatoria, lanzó uno de sus rayos “quebró el Olimpo y arrancó los tres montes que lo sostenían” de modo que los Gigantes quedaron enterrados bajo toneladas de tierra procedentes de las montañas que les habían servido de escalera a los cielos. La sangre de los Gigantes enterrados empapó la tierra y dio a luz a la quinta generación de hombres “aquella descendencia fue despreciadora de los dioses y muy ávida de cruel matanza y violenta: los reconocerías como nacidos de sangre”.
Es aquí donde aparecen Licaón y sus hijos, artífices según las crónicas de actos tan depravados que consumieron la paciencia del mismísimo Zeus.
Las dos versiones de la historia empiezan del mismo modo: Licaón se presenta como un regente asolado por sus creencias extremas; hasta el punto de dar muerte a todos los extranjeros que acudían a su reino, incumpliendo uno de los preceptos de convivencia más importantes para los griegos; la hospitalidad. Se dice que Licaón fundó en el Monte Liceo la ciudad de Licosura, “la más antigua que Helios podía contemplar” y que enloquecido por sus delirios religiosos, arrastró a un niño hasta el altar que había mandado erigir en la cima del monte y lo sacrificó a Zeus.
Horrorizado por la crueldad del rey, Zeus decidió bajar a la tierra y presentarse ante las puertas del palacio de Licaón, disfrazado de mendigo, pidiendo asilo y comida; para comprobar, por si mismo, el alcance de sus fechorías. Es en este punto donde la historia diverge.
Algunos creen que fue Licaón quien alertado por medio de augurios, sobre la identidad divina de su huésped,  antes de matarlo, decidió burlarse del dios y retó su instinto ofreciéndole un banquete en el que se sirvieron los restos de un “rehén enviado desde el pueblo de los Molosos” Licaón se regodea en su maléfico plan “Pondré a prueba con un diáfano experimento si este es un dios o un mortal; y la verdad no será puesta en duda” pero Zeus enfureció al medir la osadía del rey y lo castigó convirtiéndolo en lobo.
Otros sostienen que fueron los hijos de Licaón quienes tendieron la trampa a Zeus, dándole a comer carne humana. En esta ocasión sabemos que la identidad del cuerpo que se sirvió en el banquete, era Níctimo, el menor de los hijos de Licaón al que sus hermanos asesinaron expresamente para la cena.
Ovidio relata de forma extraordinaria este pasaje, de boca del propio Zeus: “y los miembros así medio muertos en parte los ablanda con agua hirviente, en parte los asa puestos al fuego. Tan pronto como colocó esto en la mesa, yo con una llama vengadora abatí la techumbre contra un hogar digno de su dueño” es en este momento cuando se produce la transformación de Licaón. Por voluntad de Zeus, el rey Arcadio se convierte en lobo mientras huye a la carrera en mitad de la noche “él huye aterrorizado y, alcanzando el silencio del campo, lanza aullidos y en vano intenta hablar. En pelaje se transforman sus vestidos, en patas sus brazos: se convierte en lobo y mantiene rastros de su antigua figura; el pelo cano es el mismo, la misma violencia de su semblante, sus ojos brillan igual, la imagen de fiereza es la misma.
Si bien no se cita en la Metamorfosis, hay fuentes que aseguran que inmediatamente Zeus devuelve la vida a Níctimo. Lo resucita y lo nombra sucesor de Licaón, al tiempo que ajusticia al resto de sus hermanos que sufren el mismo castigo que su padre: son convertidos en lobos.
Es precisamente después de este episodio cuando Zeus, incapaz de tolerar la inmoralidad de los seres humanos, decreta un diluvio que arrasará con todo: “ya que se han juramentado para el crimen (refiriéndose a la de Licaón y el resto de las “casas de los hombres”); que inmediatamente paguen todas las culpas que han merecido soportar; así es mi decisión” y promete a los otros dioses que tras el diluvio habrá “una progenie diferente de la población anterior, por su origen prodigioso”.
Según recogen entre otros Platón siglo IV a.C y Pausanias siglos II a.C, pasado el diluvio, en épocas posteriores a Licaón se seguían produciendo transformaciones de hombre a lobo, a los pies del Monte Liceo.
Sin embargo los métodos que usan los licántropos para llevar a cabo estas metamorfosis, difieren dependiendo de la zona geográfica en la que nos situemos. Por ejemplo, en las sagas escandinavas e islandesas el cambio es espontáneo e incontrolable; producido simplemente al colocarse una piel de lobo encima. Otras veces ni siquiera era necesario el contacto con el animal, bastaba recitar un hechizo que si bien no transformaba el cuerpo, hacía que todos los demás percibiesen de forma real que estaban en presencia de un lobo.
Del mismo modo, revertir el efecto del cambio abarca variantes que en su mayoría distan mucho del perdón del divino Zeus. Algunas tradiciones afirman que se puede recobrar forma humana si el hombre lobo entra en contacto con determinados ungüentos a base de cicuta o acónito, como hicieron los supuestos hombres lobo centroeuropeo a partir del siglo XV.


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El mito del hombre lobo por Pilar Gil Escuder se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-CompartirIgual 3.0 Unported.
























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