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El Mito del hombre lobo (y II)

La creencia en los hombres lobo, estaba tan arraigada en la Europa de los siglos XV y XVI que no es difícil constatar el elevado número de acusaciones y ajusticiamientos que recayeron sobre cualquiera que fuese sospechoso de ser un licántropo. La persecución de lobo hombre, se extendió por nuestras ciudades y pueblos, enfervorecida por los mismos sentimientos que avivaban el fuego de la caza de brujas. Repasemos, en esta segunda parte del estudio sobre hombres lobo, algunos de los casos más sonados; los que por su crueldad ocupan un lugar preponderante en los archivos de la historia negra europea.
 
Brujas, hechiceros y hombres lobo, eran prácticamente equivalentes en los oscuros días en los que el viejo continente estuvo a merced de la histeria religiosa que señalaba enemigos del dios bíblico en cada esquina. En Francia y Alemania, la crueldad con la que se perseguía y daba muerte a los supuestos hombres lobo, incluía hogueras, soga y torturas sin límite. Baste recordar, para que nos hagamos una idea del alcance de esta “epidemia”, que en Francia entre los años 1520 y 1630, en apenas 100 años, se registraron 30.000 casos de denuncias por ataque o presencia de hombres lobo. Las actas de los juicios de muchos de aquellos casos se conservan aún, como curiosidades históricas, en archivos públicos.
 

Los lobos de St. Claude


juicios-a-hombres-lobo-06 Uno de los juicios franceses de los que guardamos mayor detalle es el conocido como “Caso de los hombres lobo de St. Claude”. Para conocer en detalle el caso, hemos de situarnos en el “Jura”, departamento del este de Francia que debe su nombre a la cadena montañosa que la atraviesa y actualmente forma parte de la región del “Franco Condado”. En el siglo XVI Jura era uno de los lugares con mayor tradición de licántropos de toda Europa: Pierre Bourgot, de Poligny en 1521 o Gilles Garnier, de Dôle, en 1573 son nombres asociados a espeluznantes masacres que, como en el caso de Garniere, fueron certificadas con una terrible confesión en la que Gilles aseguraba haber devastado la campiña cebándose en sus víctimas predilectas: niños de corta edad. Estas afirmaciones, obtenidas bajo tortura, normalmente concluían con el protagonista, hombre o lobo ajusticiado en la hoguera.
Algo parecido fue lo que ocurrió en 1598 con los cuatro miembros de la familia Gandillon, de St Claude. Los crímenes atribuidos a los tres hermanos Gandillon, dos mujeres: Perrenette y Antoinette, un hombre Pierre, y el hijo de éste Georges, cuentan con un testigo de excepción, el juez Henry Boguet, que en el sumario del caso recogió con gran detalle cada palabra y gesto de los acusados, a los que trató directamente en la cárcel.
En compañía de Claude Meynier, nuestro secretario, he visto a los mencionados ponerse a cuatro patas en una habitación como lo hacían cuando estaban en el campo, pero dijeron que les era imposible transformarse en lobos porque ya no les quedaba ungüento y habían perdido el don al haber sido encarcelados. Así mismo he observado que tenían arañazos, en el rostro, las manos y las piernas y que Pierre Gandillon estaba tan desfigurado por esta causa que apenas guardaba semejanza alguna con un hombre, asustando terriblemente a cuantos lo miraban
Los hechos de los que se les acusaba eran conocidos en toda Francia: Perrenette Gandillon, fue la primera de los hermanos en revelarse como mujer-lobo. Ocurrió una mañana, cuando era poco más que una adolescente y salió a jugar al campo con su amiga Benoît Bidel y la hermana menor de esta. Según contó Benoît, antes de morir desangrada por las cuchilladas que la supuesta mujer lobo le había propinado en el cuello, las tres chiquillas jugaban en los campos, cuando ella subió a un árbol para coger fruta y dejó sentada en el suelo a su hermana pequeña. En ese momento, apareció un enorme lobo negro “sin rabo” que atacó a la niña. Benoît bajo a ayudarla, armada del cuchillo con el que arrancaba la fruta, pero el lobo “que tenía manos humanas en lugar de garras” se lo arrebató y cargó contra la pobre Benoît. Durante su agonía señaló a Perrenette como autora del crimen que había arrebatado la vida a las inocentes hermanas Bidel.
Los campesinos buscaron a la muchacha durante horas, dieron con ella en las inmediaciones del lugar del crimen y, culpable o inocente, la turba furiosa la hizo pedazos.
Antoinette Gandillon no tuvo mejor final. Además de ser mujer loba, fue acusada de provocar granizo y asistir a aquelarres en los que mantenía relaciones sexuales con el demonio, que acostumbraba a presentarse bajo la forma de macho cabrío. Del mismo modo Pierre Gandillon fue acusado de brujería y prácticas perversas, tales como engañar a niños para llevarlos a aquelarres en los que los devoraba, una vez se convertía en lobo. Lo detuvieron un día de Jueves Santo en que amaneció tendido en el lecho, en estado de catatonia. Su hijo George avisó al médico que acudiría a atenderlo en compañía de algunos vecinos, testigos de su confesión lobuna; ya que lo primero que dijo Pierre cuando recobró el habla fue que “quería ir a un aquelarre lupino”, inmediatamente lo apresaron, a él y a su hijo. La confesión que firmó Pierre Gandillon contiene detalles como estos:
Satanás los vestía con un piel de lobo que los cubría por completo, y que andaban a cuatro patas y corrían por el campo, acosando a personas o animales, según les dictase su apetito.”
Georges, que no abandonó a su padre ni un segundo, también confesó que “usaba un ungüento para embadurnarse el cuerpo y convertirse en lobo y que había matado dos cabras, en compañía de sus tías.”
El juez Boguet, tomó testimonio a los tres licántropos en la cárcel y sentenció que debían morir en la hoguera. Como así se hizo.
 

Los hombres lobos de Poligny

 
Pero la historia de licántropos que ocupó el primer lugar en las listas de popularidad de la Francia del XVI fue sin duda la de los hombres lobos de Poligny.
Poligny es una villa situada en la misma región de Jura, donde vivían los hermanos lobos Gandillon. En esta ocasión los que levantaron sospechas entre el vecindario fueron Michel Verdung y Philibert Mentot, a los que procesaría, y condenaría, el inquisidor general de Besançon; el fraile dominicano Jean Boin en diciembre de 1521.
El relato que conforman las declaraciones de estos dos hombres, es una suerte de hechos increíbles y pactos demoniacos que hicieron las delicias de las mentes calenturientas de la época, ávidas de sangre inocente. Michel Verdung, fue acusado de ser hombre lobo cuando un viajero atacado en el camino por un lobo rabioso, buscó refugio en una casa próxima al bosque que resultó ser la de Michel. Cuando el viajero malherido entró en la casa encontró a la esposa de Verdung curando a su marido unos rasguños en el brazo. Por ello, el viajero, dedujo que el lobo que lo había atacado no era otro que Michel Verdung. La prueba irrefutable eran aquellos rasguños, interpretados por el tribunal como “heridas de lucha”.
Michel Verdung fue detenido. En su confesión implicó a Philibert Mentot, reveló que este tenía tratos con el diablo y que había jurado fidelidad a Satanás en un aquelarre.
Es precisamente en la confesión bajo juramento (y tortura) de Philibert Mentot donde se habla por primera vez de los “jinetes negros”. Mentot contó que sus tratos con el diablo habían comenzado veinte años antes, en 1502 cuando a consecuencia de una terrible tormenta sus ovejas escaparon y se desperdigaron por los montes. Fue intentando recuperar sus ovejas cuando Philibert se encuentró con los “tres jinetes negros”. Informados del contratiempo, uno de los jinetes le propuso un trato: recuperaría el ganado si entraba a su servicio y lo llamaba “amo y señor”. Philibert accedió y al poco encontró todas sus ovejas.
Entonces cayó en la cuenta de que aquel al que había jurado servir no era otro que el mismísimo Diablo. “Mi nombre es Moyset” le reveló el jinete negro en su segundo encuentro, después lo “obligó a renegar del cristianismo y a besarle la mano izquierda en señal de devoción”. La mano, según Philibert “era negra y estaba fría como el hielo”.
Fue en algún aquelarre llevado a cabo durante los dos años siguientes, cuando Michel Verdung y Philibert Mentot se conocieron. Desde entonces y bajo la promesa de obtener ingentes cantidades de “oro satánico” los hombres asistieron juntos a todo tipo de celebraciones inhumanas que incluían la transformación en lobo “bajo el efecto de una pomada mágica”.
A partir de este punto, las declaraciones bajo tortura se recrean en todo tipo de detalles macabros que incluyen canibalismo, asesinatos de niños y prácticas sexuales bajo forma animal “cuando era lobo- según Mentot- copulaba con lobas y experimentaba tanto placer como cuando lo hacía con su esposa”.
Jacques Rollet, Jean Grenier o el muchacho de Bourg-la-Reine, son algunos de los nombres que permanecen vivos en la imaginería popular, vinculados a la identidad del hombre lobo unidos por siempre a los horribles crímenes de los que dejaron constancia y a la leyenda que los acompaña. Cinco siglos después, además, cuentan con mi reconocimiento como víctimas de un momento histórico irrepetible, una sociedad obsesionada con la salvación del alma y la devoción extrema que se ensaño con cualquiera que estuviese dispuesto, bajo tortura, a justificar su Inquisición.
Para terminar, me quedo con la definición que Elton B. Mc Neil en “The Psychoses” (Las psicosis, 1970) hace del espíritu imperante en la tenebrosa europa del XVI, Mc Neil retrata la época de caza de brujas como un escenario “de flagelaciones, histerias masivas, fantasías hipocondriacas, proyecciones, alucinaciones, hechizos y hombres lobo. La locura como expresión de la voluntad de Dios, se convirtió en una epidemia.





















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