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El príncipe invisible


El 8 de noviembre de 1847 nació Bram Stoker , conmemoramos esta fecha de dos modos distintos: de un lado los que creen que Drácula es un invento cinematográfico, que Bram Stoker creó de la nada; del otro los que sabemos de quien bebió Stoker, a quien le hincó el colmillo para dar a luz su obra maestra. Opino que Drácula no está especialmente bien escrita, no tiene el brillo, ni la complejidad de sus precursoras. Me gusta, pero no es mi favorita. Debe ser porque el resto de la obra de Stoker no me acaba de convencer, así que es más mi vena mitómana que mi nariz literaria la que me inclina ante el vampiro de los Cárpatos. 


Lo mejor de que Stoker escribiese Drácula, además del hecho en sí, es que populariza la figura del vampiro de un modo "adecuado" no crea conflicto moral, como lo hizo "Carmilla, la mujer vampiro" esa vampira loca, que asaltaba indistintamente a mujeres y hombres, que se metía en la cama de las jovencitas puras y les clavaba los colmillos en el pecho, o en el cuello, convirtiéndolas así en sus amantes. Stoker "tomó prestados" los rasgos fundamentales de la personalidad vampírica de Carmilla, para su Drácula. Por eso lo amamos irremisiblemente, porque estamos vinculados por un  lazo de sangre que fluye directamente del corazón.

Con Carmilla no ocurre igual. Carmilla, la Condesa Mircalla, esa mujer noble, alta, de porte melancólico, piel blanquecina, mirada intensa, pelo negro y boca sensual que es capaz de transformase en animal, despierta inquietud en el lector. La dama tiene algo tenebroso, contagioso, desasosiega, aunque yo creo que no es tanto por ella como por su creador. Carmilla es la realeza vampírica literaria, y no se debe a que su inspiración provenga de la mismísima Condesa Elizabeth Báthory, la sangre azul es herencia de su padre,  Joseph Sheridan Le Fanú, "El Príncipe invisible", de quien precisamente venía yo a hablar.


Sheridan Le Fanu, nació en Dublín treinta y tres años antes que Bram Stoker, quien como él era irlandés. La siguiente coincidencia entre los autores se produjo cuando Sotker trabajó como crítico de teatro para la publicación "Dublin Evening Mail"  cuyo flamante propietario era el ya consagrado escritor de cuentos de terror Sheridan Le Fanu. 
Decir que Le Fanu es uno de mis favoritos sería quedarse corto. Me refiero a que si no has leido "El huesped misterioso" (1850), "Schalken el pintor" (1839) o "Dickon el diablo" (1872) no podrás entender la devoción que despierta la obra de Le Fanu. Es extraordinario, un escritor extraordinario que, como muchos otros hicieron antes y han hecho después, un buen día decidió bajarse del mundo.

A partir de su desaparición voluntaria de la vida social, sus allegados lo bautizaron como "El Principe invisible”.

En 1858 el escritor sufrió un capítulo personal definitivo, que daría un giro nefasto a su vida: su mujer, su única esposa, Susana Bennett muere de forma inesperada y Sheridan se abandona a la tristeza infinita que lo llevará a recluirse en su casa de Dublín, de la que ya no saldrá hasta el día de su muerte 15 años después, el 7 de febrero de 1873. Sheridan Le Fanu murió a los 58 años.


Ese encierro desató una profunda aversión por el "mundo exterior", Sheridan rehuyó el contacto con la gente, escribía de noche, convencido de que en las horas de oscuridad el velo que separa el mundo de los vivos y los muertos se debilita, de modo que es en la penumbra donde puede acceder con menor dificultad a la inspiración que le brinda la ultratumba. El príncipe escribe sus relatos más tenebrosos y torturado, creyendo que espíritus malignos salidos del infierno lo acosan. Percibe lo que denomina "la esencia del mal" y transcribe al papel sus visiones, de las que hoy podemos seguir aprendiendo, de las que casi doscientos años después aún disfrutamos.

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