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Etimología de las artes mágicas



La necesidad de definir el origen y la entidad de la magia surge, de forma inevitable, en el preciso momento en que se originan de forma casual o premeditada, las prodigiosas artes mágicas. Los autores han intentado a lo largo de los siglos acotar los distintos tipos de magia de modo que podamos orientarnos en el brumoso territorio de las fuerzas sobrenaturales. Sus opiniones basadas en el estudio y la experiencia, o formuladas desde el ámbito puramente intuitivo, nos han dejado algunas pistas sobre la esencia mágica.

Marcellin Berthelot, ilustre químico e historiador francés, afirmaba en su obra Orígenes de la Alquimia (1885): “En la Edad Media se veía uno acusado de magia cuando quedaba establecido que se había esforzado, a sabiendas, por medios diabólicos, en alcanzar alguna cosa”. Por su parte, el filósofo y ocultista alemán Karl Freiherr Du Prel sostenía que un mago no es más que un investigador que trata de “penetrar lo sobrenatural en lo natural” ya que “la magia es la ciencia natural desconocida”.

También Ch. Barlet, acólito de Papus y uno de los primeros ocultistas en sumarse a la rama francesa de la Sociedad Teosófica en la década de 1880, intentó definir la magia afirmando que: “La magia ceremonial es una operación por medio de la cual el hombre trata de someter, por el propio juego de las fuerzas naturales a las potencias invisibles de diverso orden y hacerles realizar lo que requiere de ellas. Es un orden absolutamente idéntico al de nuestra ciencia industrial. Nuestro poder es casi nulo en relación al vapor, la electricidad, la dinamita; pero al oponerles, por una serie apropiada de combinaciones, las fuerzas naturales, por potentes que sean, las concentramos, las almacenamos, las obligamos a transportarnos, a destruir masas que nos anularían, a reducir a minutos distancias que no podríamos recorrer más que en años; a rendirnos mil servicios”.

A pesar de las grandes coincidencias conceptuales, y del acuerdo implícito que identifica la magia con un profundo y poderoso sentido de la existencia, los ocultistas no alcanzan a concretar una definición precisa del hecho mágico. No ocurre lo mismo cuando se trata de identificar los tres grandes compartimentos en los que se manifiestan estas extraordinarias energías.
Para la inmensa mayoría de eruditos hay tres escalafones en el universo mágico, tres estadios que van del cielo al suelo, que abarcan todo el espectro del conocimiento y de las aspiraciones, a saber: teúrgia, alta magia y brujería.


ARRIBA Y ABAJO


La clasificación que detalla P.V Piobb en su Formulario de Alta Magia (1907) define las tres clases en estos términos:

La teúrgia atañe a la magia iniciática. Es una disciplina reservada como enseñanza o como aplicación práctica, solo a una élite de adeptos especialmente elegidos entre los miembros de las confraternidades dedicadas al estudio de una ciencia muy superior al saber ordinario adquirido. Es practicada por teúrgos, a los que los antiguos griegos llamaban epoptas.

La alta magia o magia usual, con frecuencia confundida con la precedente, pero sin embargo muy diferente de aquella, porque los principios en los que se funda constituyen un conjunto doctrinal del que el conocimiento ordinariamente adquirido no se diferencia más que en apariencia. Es practicada por magos, a los que los antiguos griegos designaban bajo el nombre de mistes y los hermetistas de la Edad Media con el de sabios.

La brujería o magia deformada, que la mayoría de los investigadores han tomado por magia única u original, que con frecuencia se encuentra en contradicción con el saber ordinariamente adquirido y que no tiene en común con la alta magia más que el uso de imágenes y prácticas más o menos alteradas. Es practicada por brujos o hechiceros, a los que los antiguos romanos solían confundir frecuentemente con adivinos vulgares, y a los que el calificativo de magos se les dio en pasadas centurias, y en nuestro tiempo el de faquires”

ORÍGENES ETIMOLÓGICOS


Es el propio Piobb, quien se aproxima al concepto mágico desde un punto de vista poco usual al repasar el origen de los términos que designan las tres categorías. De nuevo las palabras cobran importancia, el nombre que designa al objeto también aporta cualidades, o como decía el doctor Baraduc “El verbo llega incluso a modificar la vitalidad visceral y psíquica del sujeto que poco a poco va convirtiéndose en un enfermo o en un individuo de buena salud”.

"Brujería y hechicería son palabras castellanas, mientras que su equivalente en francés, sorcellerie, tenía en la antigua lengua de Francia un verbo, sorceler, que significaba practicar sortilegios, como se decía antaño, o también encantamientos o brujerías.

La expresión francesa sorcier proviene del latín vulgar sortiarius, derivado del latín culto sors; término con el que se designaba a aquel que “echa las suertes”. Pero el sentido del latín sors no corresponde exactamente con lo que en este caso se llamaba “una suerte”.

La palabra latina sors aludía a unas “tabletas atadas entre ellas con cordones” Primitivamente, por tanto, sors se refería a una especie de cuaderno de notas, puesto que entonces se escribía sobre tabletas de cera ligeramente endurecidas. 
Finalmente, la palabra sors, substantivo del verbo serene, que quiere decir ligar (en el sentido de unir atando), llegó a designar las propias tabletas y concrétamente determinadas tabletas sobre las que se escribía , de una forma más o menos duradera, fórmulas o signos que se referían al arte mágico. Este se confundía entre los romanos con el arte adivinatorio; de ahí que la palabra sors haya llegado a nosotros como sinónimo de predicción “lo que reserva el azar o la suerte” de ahí echar las suertes” como aún solemos decir.

En latín sors significa también, tal como la utilizan Julio Cesar o Cicerón, la bola con la que se tiraba la suerte, y el boletín que se introducía en la urna para votar.
Sors ha llegado a ser la suerte, la manifestación misteriosa del destino, y como consecuencia, de la causalidad invisible que parece dirigir a los hombres."

"Magia es una expresión griega: mageia. Se trata de un sustantivo que procede del adjetivo magos, que en griego reproducía un vocablo persa cuya consonancia era casi idéntica. En latín se traducía como magus, y Cicerón lo emplea para designar al sabio entre los persas.


La raíz del término magos es mag. Significa, de una manera general “amasar”, evocando también la idea conexa de maceración. Esto nos hace pensar que el mago, entre los antiguos persas se dedica a determinadas operaciones de amasado con determinados polvos, más o menos análogos a la harina de trigo, y sin duda también a la preparación de drogas con productos macerados en líquidos.

Los griegos, sabedores de este tipo de acepción, utilizaban el verbo mageireuein para indicar el hecho de cocinar, la palabra mageirikos significaba entre ellos, cocinero. Los griegos modernos utilizan todavía “Mágeiras" para decir "cocinero/cocinar” e incluso a veces usan magos como abreviatura para señalar al jefe de cocina.

La raíz mag, debe emparentarse con otra: Mak, que expresaría la idea de longitud, de grandeza. Mak y las palabras griegas que de ella deriva, dieron lugar a latín magis, adverbio que significa más-magnus, que quiere decir grande-; magister de donde proviene la palabra francesa maître y la castellana maestro, y otras muchas que han pasado a los idiomas modernos desde el romano, implicando siempre una idea de superioridad, como máximo, etc."


"Teúrgia es una palabra griega (Theourgia) compuesta por los vocablos Theox, que quiere decir “Dios” (una divinidad cualquiera) y Ergon que significa obra, trabajo, acción, efecto, energía.

La expresión theourgia tenía dos sentidos: 
Referido al acto de una potencia divina (efecto de una potencia o energía superior, ya que en la palabra “energía” se vuelve a encontrar el término “ergon
Puesta en acción de la esta misma potencia. De aquí que se entienda como Teúrgia una especie de “magia” que está relacionada directamente con las potencias divinas.
Teúrgia no tiene una equivalencia latina al uso. Esta misma expresión “teúrgia” la emplea San Agustín en el sentido de “evocación de los espíritus”. En griego el theourgos, es el teúrgo que realiza actos dignos de la potencia divina.

Tanto si como afirma Eliphas Leví “La superstición es el signo que sobrevive al pensamiento, es el cadáver de una práctica religiosa” o como sostiene Papus “El amor, partiendo de la misteriosa afinidad que lanza a un átomo hacia otro, de la insensata impulsión que lleva al hombre hacia la mujer amada, a través de todos los obstáculos, hasta el entrenamiento misterioso que moviliza la inteligencia, enloquecida por la sed de lo desconocido, a los pies de la belleza y de la verdad, el amor es el gran móvil de todo ser creado actuando a modo de inmortalidad. He aquí porque la magia, considerada sintéticamente, es la ciencia del amor”, seguimos fascinados por la posibilidad.

La incuestionable posibilidad de que “el origen de las cosas” tenga ataduras invisibles que lo vinculan con el antiguo concepto del esencial mundo mágico.

P.G Escuder.



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